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Jueves, 29 Enero 2015 13:02

Celebran XX Aniversario de Amanecer

Reconocimiento a la revistaEl espacio de La Vuelta al Mundo en 80 Libros, de la Biblioteca Diocesana “Manuel García-Garófalo”, dedicó su propuesta del mes de enero, el martes 27, a homenajear a la revista Amanecer en su XX Aniversario.

Publicado en Noticias

Segundo Premio Concurso fe y Vida

En los materiales del XI Seminario Nacional para Educadores, o en cualquier otro texto que aborde nuestra realidad pedagógica, veremos lo complejo que se torna formar a las nuevas generaciones de cubanos y lo necesaria que se hace la integración a este empeño de  “las organizaciones estudiantiles, sociales y de masas, la familia, la comunidad (…) entre otros agentes.”  Dicha complejidad vislumbra aquella que le es esencial al ambiente educativo.

Sin pretender una definición exhaustiva de este, diremos que su abordaje es semejante a penetrar en la totalidad de nuestra vida cotidiana; a él concurren las relaciones socioculturales y políticas que rodean al educando y que alcanzan manifestación en distintos niveles de su vida: su realidad espiritual, el entorno de familia, la escuela, la comunidad y el ámbito macrosocial. Serán las interrelaciones entre estos niveles las que establezcan el ambiente donde el individuo recibe su formación verdadera. 

Cuanto esfuerzo se hace hoy en nuestro país para el mejoramiento de dicho ambiente, pasa por lo que se ha definido como educación en valores. De esto se deriva un presupuesto inobjetable: querer formar valores supone su no existencia, o cuando menos, la disociación de los existentes respecto a los intereses de un proyecto social dado. Así, además de revelársenos una característica de nuestro ambiente educativo, se nos aclara cómo las exigencias de la dinámica social guían a la educación, cuyo objetivo es dotar al estudiante de cuanto le sea necesario para integrase a la vida de su tiempo.

A esa interrelación podemos añadir el papel de la familia. Mientras la escuela, para responder a las exigencias sociales con algo más que formación intelectual, procura convertirse en la madre que forma hijos de una solidez moral inquebrantable, la familia guarda para si la posibilidad de imprimir un sello definitivo en ese aspecto. En las aulas el educando recibe explicaciones morales, o en su lugar, actividades que hacen valer los contenidos de estas, pero siempre con el sabor de la fría imposición autoritaria; en la familia, en cambio,  la aproximación a las leyes morales y a la actividad en general, se da por convicción, necesidad, o simple gusto. Por ende, es quizás el cuidado que el medio social ofrece a la familia, una de las mejores atenciones que puede dársele a la educación en valores.

Llegamos así a otro punto inquietante en el asunto; hoy concurren a las aulas los hijos de millones de cubanos que no recibieron la debida formación al calor de sus hogares, o sea, que contamos con una estructura familiar, en muchos casos, resquebrajada y débil. Una de las causas más evidentes radica en las cinco décadas durante las que nuestros adolescentes han sido absorbidos por los masivos planes de becarios. Este proyecto, aún en sus años de apogeo, causó preocupaciones respecto a sus consecuencias morales: “El saldo en nuestra educación es alentador. Pero ha habido problemas con la disciplina y el cuidado a la propiedad social y personal en algunos centros educacionales, especialmente en los internados.”  Sin embargo nunca se fue más allá de la percepción del problema, pues, el análisis se realizaba en términos cuantitativos y en estos el crecimiento fue siempre satisfactorio.

Ahora bien, estas problemáticas, al menos en términos generales, no son privativas de la actualidad cubana. El fenómeno de la posmodernidad, donde pretender un consenso universal en valores ha cedido el paso al relativismo, la espontaneidad y la evasión, se impone casi en todas partes. En este marco “las instituciones escolares, como todas las principales instituciones de la modernidad, han entrado en crisis, porque el fundamento racional en que se apoyó la tarea de universalizar su contenido ha encontrado serios obstáculos en el terreno práctico y ha recibido fundadas críticas en el plano teórico…”  Ante esta realidad los sistemas educativos y la pedagogía en general, se han orientado hacia la interdisciplinariedad, las fórmulas que propician la participación de otros agentes en los procesos educativos y la compresión antropológica del medio y de los educandos en cuestión.

Podemos preguntarnos entonces: ¿cómo se le da cabida a las demandas de la posmodernidad en un proyecto esencialmente modernista, como lo es la revolución cubana? La respuesta pasa también por las fórmulas antes referidas y en sus aplicaciones prácticas se advierten ciertos matices de cuanto debe ser mejorado en nuestro ambiente educativo.

Según no pocos teóricos la interdisciplinariedad no es realizable dentro de los marcos de la modernidad; necesita de nuevos basamentos que se distancien un tanto de la dialéctica, que abandonen los grandes temas epistemológicos y que atiendan más el campo operativo de los diversos saberes. Esto reclama cambios que, en parte, se vinculan a la aplicación de las otras dos fórmulas. La visión antropológica a que se aspira, por ejemplo, debe asentarse en esa comprensión holística que, además de aproximarnos a la condición humana de los educandos, con sus deseos, aspiraciones, problemas y necesidades, nos presente también a los agentes sociales capaces de actuar en un proceso educativo integral.

Una de las metas que se trazan los pedagogos en el contexto posmoderno es la de convertir al sujeto en gestor de su propia formación, esto hace necesaria la educación para y por todos: todos los individuos, instituciones o asociaciones pueden y deben desempeñar un papel en los procesos educativos. En nuestro país al llevar a la práctica esa convocatoria, se evidencian algunos titubeos y reservas; lo decimos, sobre todo, por el poco peso que tiene lo religioso en nuestra práctica educativa. En verdad el abordaje de todas las aristas que de este planteamiento se desprenden, resulta imposible en el espacio de estas páginas. Pero aclaremos, por lo menos, que no se trata de hacer entrar la teología en las aulas, ni de colocar las verdades divinas como una materia más en los programas de estudio; un reconocimiento desprejuiciado e imparcial, que haga posible la participación de la religiosidad, primero desde la realidad espiritual de cada quien, y luego desde la familia y la comunidad, quizás sea suficiente.

Diversos son los argumentos a favor de esta incorporación de lo religioso; en el sentido histórico la propia evolución de la pedagogía, aún cuando alcanzó a formular científicamente todas sus tareas con Johann Friedrich Herbart, no desconoció jamás, hasta la entronización del positivismo, que todo proceso educativo se da sobre un fondo ético-religioso. A esto podemos añadir una razón ontológica si acudimos al teólogo alemán Hans Jürgen Fraas: “el ser humano cree en el momento en que se involucra confiadamente en una nueva situación, cuando se abre a ella. Eso, sin embargo, es un proceso de aprendizaje.”  De tal forma aprender no se restringe a la instrucción, ni creer a las cuestiones religiosas, sino que ambas nos remiten a la cualidad humana de no agotar su condición en sí misma, o sea, su cualidad de trascender.

Con estas ideas el espíritu modernista ve resentida, además de su ilimitada fe en la ciencia, lo que sería la expresión sociopolítica de la liberación que respecto a lo teológico representa dicha fe; nos referimos al laicismo. Esto no es más que un temor infundado, pues, entre quienes defienden una mayor incorporación de lo religioso a lo social, no está, ni debe estar la intención de revertir el estatus laico de nuestras sociedades. Lo que se pretende revertir es la base totalitaria que ha sustentado a dicho estatus durante siglos y que lo ha colmado de contradicciones; una de ellas la hemos ilustrado en el presente artículo: la contradicción entre la primera educación (familiar) y la segunda (escuela), esta, si bien no es la causa única, si ha hecho buenos aportes al relativismo moral de los tiempos que corren.

No se trata de revertir, como decíamos, un  orden avalado por la evolución histórica, sino de transformar este orden en un ambiente más democrático y participativo. Durante siglos la razón no sólo ha servido para desarrollar el confort y el bienestar material, también ha impuesto una represión de la subjetividad y el empleo de mecanismos superiores de control, represión que ha impedido la realización plena de las  necesidades lúdicas, poéticas y simbólicas del ser humano. Ante esto ha reaccionado la posmodernidad; y la integración de lo religioso, reclamada desde diversos puntos de vista, forma parte de dicha reacción.

Una interesante propuesta al respecto la tiene el conocido escritor y filósofo francés Régis Debray, quien entiende que, en la actualidad, “el papel de la enseñanza pública sigue siendo (…)  formar “ciudadanos difíciles de gobernar” -difíciles de manipular y enrolar en sectas- (…) porque han adquirido “el espíritu crítico”.”  Dicho espíritu se alimenta del conocimiento efectivo de la realidad, incluyendo esta como una de sus partes más importante al hecho religioso.

Esta clase de hecho está presente en todo el contexto sociocultural e histórico de nuestras vidas. Nadie podría negar la existencias de las catedrales, el arte sacro, las fiestas en el calendario o las comidas y vestidos propios de algunas religiones; estos son elementos constitutivos de la realidad que se imponen a todos por igual, elementos a través de los cuales el hecho de consciencia pasa a ser un hecho sociocultural.

Respecto a la pedagogía y las religiones Debray señala que “no se trata de valorar o desvalorizar lo religioso, rehabilitarlo o desacreditarlo, sino de aclarar sus repercusiones en la aventura humana, de forma detallada (…) se está en el derecho de pensar que estos mitos son síntomas de ignorancia y atraso, pero el desconocimientos de estos mitos (procedencia e interpretación) sería también un signo de atraso e ignorancia.”  Y luego añade: “No sólo creemos que un laicismo que prohibiera este campo del saber se condenaría a una segura pusilanimidad, sino también que una pedagogía entendida así (con la integración del hecho religioso) podría contribuir a una pedagogía del laicismo.” 

El término “mito” deja en claro que no debemos pedirle a un intelectual como Debray el reconocimiento de las verdades divinas, pero sus razonamientos abren las puertas a la participación de lo religioso en la educación y eso es apreciable. Pensemos por un momento cómo serían nuestras escuelas si la historia reconociera debidamente el papel del catolicismo en nuestras guerras de independencia, o si en la formación de los maestros cubanos se tomará en cuenta el valor de los hombres de fe en la tradición pedagógica nacional, por sólo citar dos posibles ejemplos.

Lo dicho hasta aquí nos coloca en punta para el análisis, en nuestra práctica educativa, de la fórmula de la participación. Antes habíamos señalado como una de las metas de la pedagogía actual, la de convertir en la medida de lo posible, al sujeto en gestor de su propia formación. Esto alude a participar en la gestión del conocimiento, definiendo el vínculo educador-educando en calidad de diálogo y así también, en la formación de valores. Relacionado a este asunto el XI Seminario Nacional para Educadores nos dice: “la única vía que asegura realmente  que los jóvenes sean verdaderos protagonistas (de su formación) es enseñándoles con tareas a cumplir y con orientaciones y exigencias claras, que depende de ellos la responsabilidad de formarse, de prepararse y de aprender efectivamente.”  Y nos preguntamos. ¿Radica en lo planteado una verdadera intención de hacer participar y de participar…?

Sin dudas el autoritarismo ha sido la regla con que la modernidad ha transmitido el conocimiento y ha adiestrado moralmente a los individuos bajo su égida; por lo tanto, en el ámbito posmoderno, autoritarismo y participación no sólo definen estilos pedagógicos distintos, sino excluyentes. Vale aclarar que el maestro sigue siendo depositario de la autoridad ante el aula, sólo que ahora esta ha de fundarse en su capacidad de guiar a la participación y al diálogo, en su posesión del conocimiento y en su estatura moral. Con esto podemos situar otra discrepancia respecto a la cita anterior: dentro del modelo que se intenta aplicar, el educando puede ser gestor o protagonista, pero la responsabilidad del éxito o fracaso de su formación pertenece, sin dudas, a profesores y demás implicados en nuestro sistema educativo. Pensar otra cosa iría en contra de toda lógica.

Por otro lado, la convocatoria a la participación que se realiza más allá de los muros de la escuela, no difiere mucho de lo hasta aquí ilustrado. Se intenta, más que nada, atraer a la comunidad, a la familia, a organizaciones y asociaciones a participar dentro de cánones, la mayoría de las veces, deslegitimados en el contexto posmoderno. Lo que se necesita es la participación no como convocatoria a algo que no hay forma de cambiar, sino como posibilidad abierta de transformar la realidad. Claro, esto conllevaría, o más bien, tendría que ser parte de un proceso participativo mayor; pues, los obstáculos no emanan, como pudiera pensarse, de la función ideologizante de la escuela, la cual le es inherente en cualquier sociedad, sino de la aplicación dogmática y poco flexible de la ideología en cuestión.

Un término de insoslayable peso en la comprensión de lo planteado es la cultura de la participación, término que traduce las relaciones existentes entre la idea que se tiene de participar y su ejecución práctica. En buena medida estamos hablando de cultura política; al respecto Julio César Guanche hace unos apuntes de interés: “…la cultura política tiene su concepción “letrada,” la que se transmite en las escuelas, los medios de comunicación y las agencias encargadas de “formar valores” (…) Sin embargo, además de esa cultura que llamamos “letrada” (…) existe otra dimensión de ella que se forma a través del propio funcionamiento social, de los valores que se forman con independencia de los medios de comunicación, de la escuela, por la forma misma en que transcurre nuestra vida, que a veces, si no va en contradicción con la primera, guarda con ella una relación bastante contradictoria.”  La causa está en que los individuos aprenden a hacerle frente a las situaciones en que se apoya esa otra dimensión y se van apropiando de soluciones y conceptos que se legitiman a nivel social, al menos en la comunidad y la familia.

La participación que se propone entonces para nuestro proceso educativo debe hacer concurrir a este lo mejor de esas soluciones y conceptos; desde allí puede resolverse la disociación de valores y también, desterrarse lo negativo de la conducta individual y social. Lo más valioso que late en el vivir cotidiano de la gente puede estructurar una verdadera cultura del diálogo y la acción común. Y será en esa concurrencia feliz de lo mejor que nace en el alma de nuestro pueblo, de lo que aportan sus instituciones y saberes diversos,  donde emerja un ambiente educativo al que podamos confiar, sin temores, el futuro de la nación cubana.