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Martes, 11 de Noviembre de 2014 12:27

VII SIMPOSIO RAZÓN Y RELIGION

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 PRESENTACIÓN DEL DECRETO «UNITATIS REDINTEGRATIO»  del Concilio Vaticano II sobre el ecumenismo - 21 de noviembre de 1964 –
 El ecumenismo es una urgencia para el cristianismo del siglo XXI, y una necesidad bien particular para la Iglesia Católica. En efecto, la esencia de la vida cristiana nos remite a la unidad y el amor entre todos los hombres, y de una manera especial con aquellos que comparten la fe en Cristo, Redentor del género humano. Es una tragedia para el cristianismo seguir dando margen al recelo y a aquello que nos separa, en vez de propiciar un clima de diálogo y oración y estar atentos a la Voluntad de Dios que nos pide abrir nuevos caminos, y acercarnos cada vez más.



Desde pequeño aprendí en mi hogar a respetar toda confesión cristiana; mi padre era amigo de metodistas, bautistas, adventistas, presbiterianos, pentecostales, evangélicos, episcopales, ortodoxos; con muchos, padeció la ignominia de la UMAP en los años 60, cuando el profesar la fe cristiana era oprobio e infamia para el nuevo proyecto social que pretendía forjarse. Sin embargo, a pesar del sufrimiento infringido, en todos aquellos, los mantenía unidos y fuertes, la fe en Aquel en quien todo lo podían (Cfr. Flp 4,13), y que era, desde luego, el fundamento de cada cual. En efecto, cuando éramos minorías en cualquiera iglesia de Santa Clara, fuera de la confesión que fuera, había que darle gracias a Dios por mantener encendida la llama de la esperanza de la fe cristiana en nuestra sociedad.

Desde entonces, en mi vida de fe no puedo hacer incisión con respecto a las demás denominaciones cristianas, convencido de que mientras que el nombre del Señor sea pronunciado, y se busque su rostro con sincero corazón, el entorno de esa comunidad, dará frutos de bien para toda la sociedad.
Estamos comenzando el VII Simposio. A lo largo de estos siete años hemos hecho una opción en esta Biblioteca diocesana, por el diálogo y el respeto hacia diversos puntos de vista con respecto al complejo mundo de la Razón y la Religión; en los últimos años este diálogo lo hemos hecho coincidir en recuerdo de los 50 años del suceso más importante para la Iglesia Católica y para el cristianismo en general, el Concilio Vaticano II, inaugurado por el papa Juan XXIII y terminado por el papa Pablo VI. Era deseo el acercarnos nuevamente a los documentos conciliares, que son una riqueza para la vida cristiana del mundo de hoy y además la posibi-lidad de tener a mano una cantidad de elementos positivos a la hora de establecer relaciones con los demás.

Agradezco la presencia de todos ustedes en esta Biblioteca diocesana, de manera especial a Rómulo Félix González Rodríguez y Orlando Ramón Manso Hernández, de la Iglesia Bautista, al P. Luciano Borg, de la Orden de San Agustín, quien una vez más nos acompaña y a Ramón Pérez Moya de la Iglesia Ortodoxa griega. Gracias por responder satisfactoriamente a nuestra invitación y venir aquí con vivo espíritu de fraternidad cristiana por la que doy gracias a Dios. Sepan que también nosotros estaremos dispuestos siempre a acudir a cualquier invitación y colaborar para que el Reino de Dios siga extendiéndose en nuestra patria.

Quiero comenzar este Simposio, trayendo a colación un decreto del Concilio Vaticano II que este año cumple sus 50 años en el próximo mes de noviembre. Un documento inspirador y necesario para poder establecer puentes y abrirnos todos a la realidad, en un clima fraterno cristiano de respeto y diálogo.
El 21 de noviembre de 1964 se promul-gaba durante el Concilio el Decreto UNITATIS REDINTEGRATIO, un decreto exclusivo que abordaría la situación sobre el Ecumenismo, punto álgido en el pensamiento del papa Juan XXIII a la hora en que había convocado el Concilio en 1959.

El decreto había estado precedido del histórico encuentro entre el Patriarca Ortodoxo de Constantinopla Atenágoras y el papa Pablo VI en enero de ese mismo año 64 en Jerusalén. Por primera vez en casi mil años, dos líderes de ambas iglesias se sentaban en un clima de fraternidad y respeto, para pedirse perdón y levantarse las obsoletas excomuniones, vergüenza para ambas, y que se mate-rializaría un año después en 1965. Esto significó mucho. El decretó Unitatis redintegratio, significó mucho.

La Iglesia había sostenido de manera inflexible el postulado dogmático que «Extra Ecclesiam nulla salus» (fuera de la Iglesia no hay salvación), aceptada en el IV Concilio de Letrán en 1215. Si bien el Concilio Vaticano II no la suprimió totalmente, sí se dio cuenta de la necesidad de una mejor interpretación de la misma; y de hecho, que el propio Concilio emitiera un decreto sobre el Ecumenismo, habla por sí mismo de cómo la Iglesia se ve y cómo quiere proyectarse con respecto a las demás denominaciones cristianas, a quienes abiertamente llamó y nosotros llamamos hermanos.

La Unitatis Redintegratio es uno de los documentos más espectaculares del Concilio. En un primer momento el tema del Ecumenismo iba a hacer incluido en el capítulo III de la Lumen Gentium, o sea, dentro de la Constitución sobre la Iglesia. Para este fin, en 1960 en las labores de preparación del Concilio, el papa Juan XXIII creó el Secretariado para la promoción de la Unidad de los cristianos, como una de las comisiones de trabajo previas.

El 1 de diciembre de 1962, durante la primera etapa del Concilio, única que pudo presidir Juan XXIII antes de su muerte, por medio de una votación de 2068 a favor y 36 en contra, se aprobó que se emitiera un Decreto exclusivo sobre el Ecumenismo, lo que conllevaría que se le dedicara unas sesiones al tema, cosa que se llevó a cabo entre el 18 de noviembre y el 2 de diciembre de 1963; de los debates que se hicieron, gran parte fue recogido en el Decreto en cuestión.
El Objetivo del Decreto fue el de Promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos.

Sus postulados más importantes son:

Esta restauración se da siguiendo la voz del Espíritu Santo que realiza la UNIÓN de los fieles, UNE a todos en Cristo, que es el principio de la UNIDAD de la Iglesia.

La Iglesia PEREGRINA en esperanza hacia la meta de la Patria celeste y COMUNICA el Evangelio de la paz a todo el género humano.

El Concilio EXHORTA a todos los católicos a PARTICIPAR con diligencia en la labor ecuménica.

La Iglesia tiene necesidad de un MOVIMIENTO ECUMÉNICO, que promueva actividades e iniciativas que se dan para promover la unidad de los cristianos.

Para que este Movimiento sea eficaz es necesario:

• Eliminar palabras, juicios y acciones que injurien al resto de los cristianos.

• Reuniones entre cristianos en espíritu religioso donde se potencie el diálogo para:
Adquirir un conocimiento más auténtico y así poder apreciar la doctrina y la vida de cada comunión.

Mayor colaboración en pro del bien común y la reunión en oración común.

Examinar la fidelidad a la Voluntad de Cristo sobre la Iglesia y emprender con ánimo la tarea de renovación y reforma.

La acción ecuménica conlleva a la PREOCUPACIÓN por los otros cristia-nos, unidos en la ORACIÓN, dialogando sobre cosas de la Iglesia y adelantándose a su encuentro.

El católico verdadero RECONOCE aquello que dentro de la Iglesia necesita ser renovado para que el testimonio de vida sea más claro.

En todo PRACTICAR LA CARIDAD, así se manifestará el sentimiento apostólico de la Iglesia y su profundo deseo de la unidad.

Todo el que es verdaderamente cristiano, jamás se opone a los genuinos bienes de la fe.
La preocupación por el restablecimiento de unión es cosa de TODA la iglesia, afecta a cada uno según su capacidad, en la vida cristiana diaria como en el pensamiento o estudio teológico.

Toda renovación de la Iglesia consiste en el AUMENTO DE LA FIDELIDAD hacia su vocación.

La Iglesia es llamada por Cristo a estar en actitud permanente de REFORMA y de esta renovación, la apertura hacia los demás hermanos cristianos reviste suma importancia.

El auténtico ecumenismo no se da sin la CONVERSIÓN INTERIOR, porque es en el corazón de cada cristiano, en la base de la CARIDAD brotan y maduran los deseos de unidad.

Hay que pedir al Espíritu Santo HUMILDAD y MANSEDUMBRE sin-ceras en el servir a los demás en espíritu de liberalidad fraterna; pedir PERDÓN a Dios y a los hermanos y PERDONAR las ofensas que hemos recibido.

La ORACIÓN en unidad a los hermanos no católicos es algo necesario y lícito, y sirve para impetrar la gracia de la unidad y lazo auténtico de hermandad.

Todos los cristianos deben COOPERAR unos con otros con vivo sentimiento de unidad con Cristo. De esta cooperación ha de ir perfeccionándose la recta estimación de la dignidad de la persona humana; la promoción del bien de la paz; la aplicación social del Evangelio; el desarrollo de las ciencias y de las artes con espíritu cristiano y la lucha contra las calamidades de nuestro tiempo.

Para que el diálogo sea fructífero hay que ABSTENERSE de toda ligereza o celo imprudente que perjudique el progreso de la unidad.

El progreso de los proyectos de unidad se fomenten entre católicos y no católicos en armonía, SIN PONER OBSTÁCULOS a los caminos de la Providencia.

El propósito de que todos los cristianos nos reconciliemos; esto es algo que excede las fuerzas y capacidades humanas, por lo que urge PONER LA ESPERANZA EN LA ORACIÓN de Cristo por la Iglesia y la ORACIÓN COTIDIANA y sin pausa que hagamos todos los cristianos.

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