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Martes, 11 de Noviembre de 2014 11:32

HACIENDO LIO: Nuestras heridas

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Amanecer quiere comenzar esta sección para los jóvenes de nuestra diócesis. Para eso necesitamos que compartas con nosotros tus inquietudes y aspiraciones, problemas y dudas. Y que así tengas un espacio para hablar con franqueza de tus preocupaciones y de los temas que te interesan. Anímate a colaborar con Amanecer en este proyecto joven y escríbenos a: Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla

Enrique tiene dieciocho años, estudia en el Preuniversitario y es cristiano. Su familia lo educó en valores y en la fe, además de llevarlo a la iglesia desde pequeño y recibir los sacramentos. Ahora Enrique ya no es un niño, y sus amigos del Pre no piensan como él. Ellos se mueven en una realidad distinta y él cree que para mantener sus amistades, debe convertirse en un joven normal. Sumado a esto, Enrique siente los miedos, frustraciones y problemas propios de su edad. Le preocupa perder sus amigos, pero a la vez no quiere renunciar a los valores que ha estado viviendo por casi veinte años.



¿Qué le sucede a Enrique? Lo mismo que, generalmente, le ocurre a cada uno de nosotros cuando tenemos que elegir de qué modo vivir. Cuando un joven cubano actual tiene que distinguir entre lo que se vive en la calle, y lo que me han enseñado, comienza un conflicto interior que tiene que resolver lo antes posible.
La supuesta necesidad de aceptación que tenemos ante un ambiente incompatible con valores, educación formal y espiritualidad, nos empuja muchas veces a equivocarnos. Entonces, a cambio nuestra fusión con la vulgaridad, entregamos nuestra personalidad e intimidad. Renunciamos a una vida interior para irnos a un medio que poco o nada de vida puede ofrecernos. Nos olvidamos de quién somos. Esa necesidad, nos lleva a imitar modos de ser con los que ni siquiera nos identificamos plenamente.

Formar grupos de intereses comunes es muy normal. No tiene nada de malo compartir una idea, o el gusto por determinado artista. Pero se vuelve tóxico si domina nuestra vida. De manera que no pensemos, queramos o hablemos de algo más que no sea en eso. En un punto no sabremos si en realidad somos nosotros los que vivimos o el otro es quien vive por mí.

El mirar al otro, cómo se viste, lo que piensa, la música que escucha, lo que conversa con los demás, nos ha llevado en ocasiones a convertirnos en ma-rionetas que siguen un patrón ridículo. Con ello vienen las depresiones y crisis personales que inician cuando nos damos cuenta que lo que tenemos no vale la pena. Este es el corazón de uno de nuestros mayores problemas: la falta de identidad.

Cuando nos hacemos esclavos de la forma de pensar de los demás, sentimos miedo a lo que podría pasar si somos nosotros mismos, si queremos ser diferentes, si aspiramos  a que nos acepten tal y como somos, con nuestras cualidades y defectos. También nos detienen los complejos, porque ya alguien nos convenció de que si hacíamos algo diferente a lo que hacen mis amigos, seríamos mirados como raros o con indiferencia. La lista es larga: las frustraciones, los imposibles, las obsesiones, la angustia, las depresiones.

¿Qué está fallando? Nuestra capacidad de ser dueños de nosotros mismos. Esto no es egoísmo, sino el derecho que tiene cada uno a ser amo en sus propias decisiones e ideas. Para superar esta clase de existencia y vivir plenamente necesitamos conocernos a nosotros mismos. Saber nuestros límites y defectos, pero reconocer los talentos y dones que poseemos para servir al prójimo. Necesitamos también acepta-ción de nosotros mismos y la certeza de poder perfeccionar nuestro lado menos auténtico.

Porque los miedos, los complejos, la carencia de identidad, los sentimientos de toda clase, no tienen la fuerza ne-cesaria para eliminar una cualidad humana aun más poderosa: la voluntad. Es una fortaleza interior que nos asegura el entusiasmo, la autoseguridad, la confianza, el deseo de superación.

Seamos conscientes de que valemos por el solo hecho de existir. Que somos valiosos para Dios y para el mundo, y que no necesitamos demostrárselo a nadie. Sino que este conocimiento, esta convicción, nos llena de fortaleza para seguir y movernos hacia adelante con dignidad y coraje. Si todos fuésemos iguales, el mundo sería terriblemente aburrido. Todos, sin excepción, somos especiales e irrepetibles: únicos. Por qué, entonces, ser absorbidos por el montón.

Estamos llamados a defender nuestra identidad propia, a ser libres, y eso da belleza a los seres humanos. Así seremos capaces de forjar un proyecto de vida coherente y de ser personas en plenitud.

Así que si conocemos a algún Enrique en nuestra casa, en la escuela, en el barrio, regalémosle este texto del jesuita Carlos Cabarrús: En la medida en que te vayas dando cuenta de lo que brota de nuestra parte herida (y que en la medida de lo posible irá sanando) y de la riqueza que hay también dentro de ti y potenciarla, te irás conociendo, irás creciendo y descubriendo tu verdad más honda y, a la vez, al ser una persona modificada por dentro, irás modificando las estructuras de la historia.

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