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Martes, 11 de Noviembre de 2014 11:21

Muerte y Vida: Inhumación y cremación IV parte

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Tomado de la Revista LH No. 306 mayo-sept. 2013 «Tanatorios»

La cremación como una práctica cada vez más extendida en la sociedad reclama una atenta reflexión pastoral. La cremación del cadáver, puesto que no toca al alma, ni impide a la omnipotencia divina el reconstruir el cuerpo en una verdadera recreación, no conlleva, la negación de las enseñanzas de la Iglesia relativas a la resurrección de la carne, de modo que, considerada en sí misma, la cremación no es contraria a ninguna verdad natural o sobrenatural.



Con toda certeza, la muerte del hombre siempre ha estado rodeada, en todos los tiempos y en todas las civilizaciones, de prácticas y de ritos. La muerte del hombre no es solamente un hecho biológico, sino un complejo evento cultural.

Ritualizar la muerte significa que ella -en tanto que rito- debe tener su propio tiempo, su espacio, una natural aceptación y, sobre todo, debe atestiguarse como hecho social y comunitario.

El hombre de hoy muere, más allá de toda generalización, en un clima de desacralización y de pérdida de evidencias religiosas: esto no puede sino instaurar un proceso de empobrecimiento para la sociedad misma la cual, al apartar la muerte, junto con su ritualidad corre el peligro de perder también la piedad, la compasión, como valores que hay que poner en el centro de una civil convivencia, en la lúcida conciencia de que antes de la muerte está para el hombre el hecho de morir. Por esto sorprende mucho la actual remoción cultural del significado del vivir y del morir1.

Praxis funeraria en la antigüedad
pagana y cristiana

La humanidad ha aprendido de los sepulcros, y de cuanto está conservado en ellos, a leer la vida de los pueblos que nos han precedido, ha conocido su modo de vivir, de creer, de organizar la vida y la muerte con reglas muy precisas.

Y la conciencia humana no sólo ha afrontado la muerte, sino que ha usado los ritos fúnebres para reafirmar el valor de la vida, hasta el punto de poderse sostener en verdad que dichos ritos son un símbolo de la naturaleza humana, puesto que a través de ellos los individuos transforman los datos de la vida biológica en valores y en fines de la humanidad.

En el principio de la narración cristiana se encuentra una tumba, la de Cristo. En torno a ella hay una secuencia que resulta paradigmática para todos aquellos que mueren en Cristo.

Los cristianos más que atribuir a los funerales una importancia decisiva de cara a la supervivencia del difunto, proclaman la certeza de la salvación y la resurrección de los muertos en Cristo que venció a la muerte. Solo en Él, la esperanza y el gozo son más fuertes que el dolor de la muerte.

En oposición a toda usanza pagana de momificación, de embalsamiento o bien de incineración o cremación, en la que se podía esconder la concepción de un aniquilamiento total del hombre, cuerpo y alma incluidos, la visión cristiana era esencialmente encarnacionista, teniendo como modelo la sepultura de Cristo, la primera simiente arrojada en tierra (Jn 12, 24) en vista de la resurrección.

Las escenas que los cristianos han escogido para representar su espera de la resurrección y de la parusía, son justamente aquellas que expresan la salvación que no se habría osado esperar: Daniel respetado por los leones (Dan 6,17); los tres jóvenes hebreos salvados del fuego (Dan 3,93); Lázaro resucitado de la tumba (Jn 11,1); Susana librada de la falsa acusación (Dan 13,51); Noé librado del diluvio (Gen 8,1); Jonás expulsado vivo del vientre del cetáceo (Jan 2,1); Isaac sustraído al cuchillo del padre (Gén 22,1); el paralítico (Jn 5,5) y la hemorroísa (Me 5,25) curados después de tantos años de infructuosa espera; escenas éstas que, junto con la imagen del joven buen pastor (Jn 10,11), alumbran los oscuros nichos cementeriales, nutriendo de radiante esperanza el presente y el futuro de los creyentes de la primera cristiandad.

Aquellas páginas bíblicas pintadas o grabadas en el revoque de las áreas cementeriales son la respuesta de la fe cristiana, escandalosa a los ojos de la razón y del buen sentido, al evento-muerte, y de ellas emerge un nítido testimonio de fe en la vida más allá de la vida: los que han muerto en Cristo están muy cerca de un Dios que los resucita, y están destinados a una vida sin fin de modo que pueden lanzar el propio grito de victoria: «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?» (1Cor 15,55).

El cementerio –neologismo inventado por los cristianos– nace como posibilidad que se ofrece a todos de un dormitorio colectivo en espera del común despertar. Tanto es así que no habrá ya pueblo sin iglesia, ni iglesia sin cementerio.

Cremación y dispersión de las cenizas

Junto a la sepultura en tierra como forma tradicional de enterramiento, o de los sepulcros, aparecen cada día más la cremación, los sepulcros anónimos, y el dejar las urnas cinerarias en el mar, o en los bosques, o incluso la dispersión de las cenizas.

En la raíz de estas nuevas formas y de esta actitud hacia la muerte y el luto, se encuentra un declarado sentido de individualismo y de despersonalización en la sociedad. El problema no es tanto el cambio cultural, cuanto el vaciamiento del sentido de los ritos y de las tradiciones inherentes a las exequias y al luto por los difuntos, hasta rozar el ridículo en el peculiar uso de las cenizas2.

La cremación, en cambio, tal como es entendida hoy, es un «fenómeno» de la modernidad, con un carácter «tecnológico» propio que lo diferencia netamente de análogos fenómenos de la antigüedad y del «Oriente». Estamos por tanto frente a la pérdida de importancia del individuo, retorno a la Naturaleza, terminar sin dejar rastro, desaparición del cementerio como lugar de la memoria.

La cremación es un fenómeno en expansión, tanto que se ha convertido en una emergencia pastoral por la que se multiplican los casos de petición de celebraciones fúnebres en presencia únicamente de cenizas, y la situación incómoda de quienes ejercen la pastoral frente a los familiares y a las propias comunidades cristianas.

En este contexto cultural contemporáneo se inserta la normativa canónica en la que se recogen las razones por las que la Iglesia se opuso en el pasado a la práctica de la cremación y desde 1963 la permitió a los fieles, si bien manifestando, por razones teológicas, su preferencia por la inhumación.

La Instrucción del Santo Oficio del 8 de mayo de 1963, promulgada el 5 de julio del propio año, sobre la cremación de los cadáveres Piam et constantem, pone en claro los principales puntos doctrinales del problema sobre la incineración de los cadáveres. En ella se recomienda, conservar la tradición de sepultar los cadáveres de los fieles y recurrir a la cremación sólo en caso de verdadera necesidad; la cremación no está prohibida en sí misma; a quien haya elegido ser quemado no se le pueden negar, sólo por esto, los sacramentos y los sufragios públicos.

Algunos años después, exactamente en 1977, el texto supracitado fue objeto de una significativa precisión por parte de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos que, interpelada sobre la posibilidad de celebrar por la Iglesia la celebración de las exequias llevando allí la urna, respondía: «No parece oportuno celebrar sobre las cenizas los ritos cuyo propósito es el de venerar el cuerpo del difunto».

No se trata de condenar la cremación, sino más bien de conservar la verdad del signo de la acción litúrgica. En efecto las cenizas, que lo que expresan es la corrupción del cuerpo humano, malamente sugieren el carácter del «sueño» en espera de la resurrección. Además, el cuerpo (y no las cenizas) recibe los honores litúrgicos, porque desde el bautismo se ha convertido en templo consagrado del Espíritu de Dios».

La normativa canónica actualmente vigente no prohíbe la celebración de los ritos fúnebres a los que han elegido la cremación de su cadáver (cfr. CJC can. 1176, § 3; 1184 § 1). En cambio recomienda la costumbre de enterrar los cuerpos de los muertos. 

El dicasterio romano correspondiente, el 19 de enero de 1994 trató el tema de la cremación, informando que dicho fenómeno estaba en estudio, dada su creciente difusión en muchas áreas geográficas. La urgencia de tener que responder a estas ineludibles necesidades pastorales viene marcada también por el uso de las cenizas, uso que va desde la dispersión a la conservación.

La elección de la dispersión, sin embargo, va mucho más allá de los motivos prácticos e ideales de la cremación. Representa el símbolo del aniquilamiento y de la fusión definitiva con el cosmos y una visión panteísta además de un rechazo total del cementerio y de sus tradiciones.

La idea de conservar en casa las cenizas de los propios familiares, dictada quizás por un arrebato sentimental, debería ser considerada también a la luz de la realidad presente de la sociedad en la que vivimos.

¿Qué decir, cuando las cenizas de la madre se van convirtiendo, con el paso del tiempo, en las de la tía, de la abuela, de la bisabuela... cuando, esto es, los que la han conocido están, también ellos, muertos? Sabia es, en ese sentido, la indicación del Directorio sobre piedad popular y liturgia en la que se afirma: «Sean exhortados los fieles a no conservar en casa las cenizas de los familiares, sino a darles la acostumbrada sepultura, hasta que Dios haga surgir de la tierra a los que reposan en ella, y el mar devuelva sus muertos (cf. Ap 20,13)».

Conclusión

La conciencia humana, en efecto, no sólo afronta la muerte en sus variadas modalidades, sino que usa también los ritos fúnebres como palabras para la vida, palabras contra la muerte, haciéndoles convertirse en una forma de consuelo para los que han sobrevivido.

Al sentido de la sepultura, la viva tradición cristiana le ha atribuido siempre las propias y sustanciosas connotaciones dictadas por la fe, así la muerte es el momento de culminación y de síntesis de toda la vida, que encuentra su significado más profundo en el sentido que entreabre la muerte del Crucificado Resucitado.

Es en Él donde el cuerpo cadáver asume su dignidad. Y es a partir del respetuoso tratamiento reservado a los restos mortales de Jesús tras su muerte y en el momento de la sepultura como en el curso de la historia se ha generado y estimulado un piadoso tratamiento de los muertos.

(Footnotes)

1 De este fenómeno que caracteriza a la cultura contemporánea se ha hecho intérprete el cardenal Camillo Ruini en los preparativos del Consejo Episcopal Permanente, el 20 de diciembre de 2004: «Frente a la muerte, el hombre de hoy se encuentra, pues, desde un punto de vista cultural, particularmente indefenso y sin respuestas: en consecuencia, es llevado a huir frente a ella, excluyéndola del horizonte de sus pensamientos, igual que ya la organización social la sitúa al margen de sus experiencias concretas».
2 El escocés Glen Beaton vende en pública subasta las cenizas de su madre. ¿Precio de salida? A un solo y miserable penique (30 liras antiguas) el saquito: únicamente para atender un deseo de la progenitora difunta que expresó en vida el deseo de visitar USA, Australia y Nueva Zelanda. El sueño, jamás realizado en vida, podrá atenderse ahora, confiando las cenizas maternas a Internet y contando con los compradores de los mencionados países. Con tal de visitarlos, aunque bajo la forma de ceniza, la difunta habría sido feliz. Y ningún afán de lucro, subraya el huérfano Glen: ¡de los costes de expedición de los saquitos «portacenizas» se encargaría él! Cfr. La Gazzella del Mezzogiorno, 24 de febrero de 2006, p.19.

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