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Martes, 11 de Noviembre de 2014 10:54

La imagen del Cristo en quien creo

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En estos tiempos en nuestra amada Cuba se da el acontecimiento del despertar de lo religioso, unos por el paso de la Virgen de la Caridad por todos los rincones de la nación, otros porque ante las necesidades apremiantes buscan ‘apoyo’ en la fe y la devoción a los santos, otros porque son ‘tocados’ especialmente por Dios. A todos estos compatriotas urge darles una enseñanza cristiana acorde a su nivel cultural y social.



Muchos me preguntan… ¿cómo es el Cristo en el que usted cree? He dicho siempre que cada persona tiene que hacer ‘su propia imagen’ de Jesús el hijo de María, el Hijo de la Santísima Trinidad, el que resucitó y no porque haya ascendido a los cielos está ausente de este planeta. Conviene reflexionar acerca de cuál es la imagen de Cristo a presentar tanto a los que se acercan como a los que nos consideramos cerca. Hay cuatro tipos de imágenes de Cristo: la del Catecismo muy teórico, la de los teólogos que es teoría pura y concentrada, la de los que algo conocen y algo han experimentado, la que ha regido mi vida y presento a todos: el Cristo vivo de los Evangelios.

Jesús, al encarnarse en María abrió una nueva etapa en la humanidad… «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Jesús fue ‘alguien’ que existió. Veamos el evangelio de Lucas 7, 1-9, el pasaje de su encuentro con el centurión romano. Diálogo sorpresivo, petición del oficial para que Jesús sanase a su criado, la curación, el Maestro dijo en voz alta… nunca he visto tanta fe en Israel. Este acontecimiento fue ‘un encuentro personal’ que marcó el modo de actuar de Jesús con sus contemporáneos.

La imagen que me hago del Maestro es enseñada directamente con explicaciones o parábolas, recibiendo a quienes buscan salud o la vida de un fallecido, accediendo a sus necesidades para dar salud y vida, cumpliendo la misión encomendada por el Padre de ‘redimir a todos los seres humanos’ mediante el sacrificio de su muerte en la cruz, su resurrección y posterior ascensión a los cielos. Jesús presente, conversador, pasma su capacidad de inter-actuar con todos de forma sencilla y sin condicionamientos. Aunque dijera a no pocos… vete, tu fe te ha salvado. Él la notaba, nunca la pedía.

Según mi experiencia como educador y orientador en la fe cristiana así se percibe  mejor su imagen. Leer el Evangelio, conocer las distintas escenas donde aparece, acercarnos a su persona. Cuando se enseña que la religión de Cristo es una doctrina con principios y valores para orientar, guiar y apoyar a todo hombre a ‘encontrarse con Él’ se centra la fe vinculante con el Señor. A este Cristo le llamo «el Cristo del encuentro». Hay un autor reciente que dice algo conocido desde siglos con una fórmula atractiva «orar es coexistir con Dios». Esto es encontrarnos mediante la oración, la meditación, la contemplación y por qué no, llegar a otros niveles de vinculación.

Jesús el Maestro, así le llamaban sus discípulos, fue la primera imagen del Mesías, pues ellos fueron antes que todo ‘discípulos,’ más tarde, cuando les mandó a enseñar y bautizar pasaron a ser ‘apóstoles’ es decir, enviados.  Estos son los pasos que constituyen el modo de presentar a Jesús, así de sencillo, como él se comportaba con quienes se le acercaban. La imagen del maestro es la inicial pues nos sitúa como educandos perpetuos ante el Señor, quien nos enseña no sólo principios y valores sino por las revelaciones particulares que pueda hacernos.

Ya resucitado estamos ante ‘el Dios invisible’ pero cercano, cuando mediante la oración nos comunicamos Jesús no deja de mantener su tónica de ‘diálogo personal’ de estar atento para ayudarnos. Hay otros modos de estar cerca de su presencia, como en la Santa Misa, en el momento de la consagración donde «Él baja al altar y se hace presente en el pan y el vino». Este es un acontecimiento especial de estar con nosotros. Hay más, podemos al recibir la comunión alojarle en nuestro interior. Sin duda, la fe que tengamos lo hará más o menos presente vitalizándonos y a su vez, esta sensación de su presencia aumenta la fe.

Expongo estas experiencias de viejo catequista pues como dice el refrán… cada maestrillo tiene su librillo. Con este método presento a Jesús, el Mesías, el Cristo, Dios y hombre verdadero.  Así trato de conocerlo y recibirlo.  Los invito a reflexionar para hacer su revisión de la imagen que tengan de Jesús. Si tiene su método de presentarlo valore cómo lo hace y sus resultados; si no tiene ninguno, adopte uno.

Repasemos este episodio del evangelio de Juan capítulo 21,1-7: Jesús se aparece en el lago de Tiberíades donde sus discípulos se disponían a pescar, ellos no le reconocen, les preguntó si habían pescado algo, ellos le dijeron, no, entonces él les mandó echar la red del lado derecho de la barca, lo hicieron y la red se llenó de peces… Juan le dijo a Pedro: ¡Es el Señor!  Este acontecimiento nos indica que es posible ‘reconocer’ a Jesús. Tengamos muy en cuenta que Él da sorpresas.

Nos corresponde estar prestos a reconocerle mediante la observación de los signos, a través de los cuales, nos va mostrando su cercanía.

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