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Miércoles, 05 de Noviembre de 2014 15:47

Homilía de Mons. Arturo González en la misa por los 500 años de la fundación de Sancti Spíritus

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3 de junio de 2014

Muy queridos hermanos obispos Juan y Mario que desde Camagüey y Ciego de Ávila han querido venir acompañados de fieles de sus respectivas diócesis para compartir con nosotros la Eucaristía de esta tarde; queridos sacerdotes y hermanas religiosas, queridos hermanos de las distintas comunidades de la Diócesis que se han hecho presente hoy para participar de esta celebración, distinguidas autoridades civiles de esta ciudad, respetables hermanos de otras denominaciones religiosas y de asociaciones fraternales que hoy nos acompañan, queridos hijos de las distintas comunidades cristianas de la ciudad de Sancti Spíritus y de esta vicaría pastoral, queridos  todos:



Es una gran alegría para mí, elevar la Acción de Gracias de la ciudad de Sancti Spíritus a Dios, que por la revelación de nuestro Señor Jesucristo, es el Padre de todos. Agradecer, es un acto propio de la inteligencia y de la fe. Es reconocer, que en toda verdad y vida, en todo acontecer humano, aún en el más doloroso y menos comprensible, está presente ese Dios cuya misericordia y fidelidad son eternas.

Y hoy, tenemos mucho que agradecer! Nuestro corazón reboza  en este día  en gratitud por esta ciudad, por sus hombres y sus mujeres, por todos sus hijos, por la fe, por la historia de la villa de Sancti Spíritus que  alcanza con alegría, con orgullo y con esperanza sus 500 años de existencia.

Cuántos ejemplos admirables de silenciosa grandeza nos regala Dios en todos los hermanos nuestros que han tejido a lo largo de cinco siglos la historia de esta ciudad y que la siguen construyendo hoy, en el día a día.

En este contexto quiero compartir con todos Uds. algunas ideas que nos puedan ayudar a descubrir el sentido profundo e integral de esta celebración, que es a la vez profana, civil, de la sociedad y que es al mismo tiempo religiosa, nacida de la fe, de la esperanza y del amor a Dios de los hijos creyentes de esta ciudad.

Hoy es día de acción de gracias. Por eso hoy estamos reunidos en este templo emblemático de la ciudad, la Iglesia Mayor, la Parroquial Mayor, para agradecer al Señor, por la existencia de esta ciudad, que al mismo tiempo es don de Dios y obra de los hombres.

Permítanme dos consideraciones: la primera relacionada con el lugar donde nos reunimos los católicos, la parroquia, las parroquias.

Estamos reunidos en la Parroquial Mayor. En la lengua griega, parroquia es una palabra que significa «vecindad». Deriva de un verbo griego  que significa «vivir cerca». La parroquia, pues, es la casa que vive cerca de las otras casas, es la casa de los vecinos, la casa de todos.

El gran Papa Juan XXIII, recientemente canonizado, hablando de la parroquia la definía y comparaba con «la antigua fuente de la aldea que suministra el agua a las generaciones actuales igual que a las generaciones pasadas». La imagen es verdaderamente bella y sugerente. «Felices los que tienen sed». La fuente de la aldea sigue estando aquí, está desde hace quinientos años. Ella siempre nos espera.

Es verdad, lo sabe muy bien la sabiduría de la antigua fuente que, si no vamos hoy, puede ser que vayamos mañana o cuando seamos viejos y descubramos una sed, que es como un fuego que nos quema y que ninguna agua podrá apagar. Los obreros de la fuente -entiéndase sacerdote, diáconos, consagradas, laicos misioneros- debemos tener paciencia. Lo que no acontece hoy puede ser que acontezca mañana o con el transcurrir del tiempo. Lo que cuenta es que la fuente siga viviendo cerca de sus vecinos, cerca de todos: que la fuente siga proporcionando a todos aquella agua que da vida y vida eterna; agua que brota de una fuente de belleza única, Jesucristo el Señor, porque –como decía san Agustín– es una «belleza antigua y siempre nueva».

En segundo lugar: Hoy celebramos una larga historia de 500 años construyendo a través del tiempo esta ciudad, hoy a la altura de estos 500 años, nos sentimos obligados a presentar al Altísimo una justa acción de gracias y una esperanzada petición.

Justa acción de gracias, sí, por tantas bendiciones que el Seños ha prodigado sobre los espirituanos desde su fundación hasta la fecha y que les ha permitido remontar airosos las adversidades, las incertidumbres y las penas. Acción de gracias por la hospitalidad y caridad que caracteriza a los hijos de estas tierras espirituanas, por la fineza y la cultura que afloran en tantísimos rincones de esta ciudad de afamada tradición, por los dones preciosos en el campo de la música, la prosa y el verso.

Día también, éste de esperanzada petición. De humilde ruego, de confiada solicitud para que el porvenir sea más grato, para que los tiempos sean mejores, para que las bendiciones y las gracias de Dios calen en las conciencias, para que los valores resistan los embates del tiempo presente, para que los hombres y las mujeres de S. Spíritus caminen siempre orgullosos de la tradicional religiosidad acendrada de sus familias, de la nobleza de sus costumbres y de la bondad de sus pensamientos y acciones.

En estas dos vertientes nos unimos con gozo a los festejos alegres que autoridades y ciudadanos han organizado para mañana día 4. Nosotros nos anticipamos hoy y congregados ofrecemos la Eucaristía en este máximo templo, que repito, ha sido y es emblema místico  de la historia citadina.

Aunque sabemos que nuestra historia tiene luces y sombras, este es un pueblo que se precia de su pasado y que se esfuerza por ser constructor de la «civilización del amor» en el presente, sin olvidar nunca aquello que le aconsejaba Moisés a su pueblo en la primera lectura tomada hoy del libro del Deuteronomio: «Acuérdate del Señor que es quien te da la fuerza». Y repitiendo con el salmista» que el Señor nos construya la casa y proteja la ciudad» para que podamos prepararnos a ser ciudadanos de esa «otra ciudad santa, la nueva Jerusalén», que es la meta de nuestra esperanza, de la que nos habla el libro del Apocalipsis; ciudad futura que hemos de construir «sobre roca firme y no sobre arenas movedizas» si no queremos ir camino del fracaso.

Nos alegramos y congratulamos pues con los espirituanos, con los que habitan estas tierras, con los nacidos en ella y que están por otras partes de Cuba o del mundo. Para ellos invocamos las bendiciones de Nuestro Señor Jesucristo, haciendo votos para que seamos capaces de continuar trabajando en animosa concordia y en solidaridad creciente con todos.

Le pedimos a la Santísima Virgen María de la Caridad, Reina de Cuba, que aumente nuestra fe, que con solicitud amorosa siga velando por las semillas del Evangelio que cada día se esparcen en el corazón de hombres y mujeres espirituanos; y que por caminos de justicia y de paz busquemos consolidar el progreso de nuestra ciudad.

Quiero invitarles a construir juntos el futuro de la ciudad, anunciemos el Evangelio y tendamos la mano a los pobres y necesitados, estemos al lado del incomprendido y marginado sanando su dolor con el bálsamo de la fe; trabajemos con respeto mutuo, sin egoísmos ni individualismos, sin exclusiones, con solidaridad, comprometidos y entregados a las causas justas y nobles en favor de los demás, como discípulos en la escuela de la más genuina fraternidad cristiana

Al Señor que nos ha regalado tanto, le encomendamos el futuro de esta ciudad y de las comunidades cristianas que en ella viven; el futuro de nuestra Diócesis y de la Iglesia que desde hace quinientos años está acompañando la vida de este pueblo; al Señor confiamos el futuro de nuestra Patria. En este espíritu les invito a elevar nuestra oración de justa acción de gracias y de esperanzada petición. Que así sea.

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