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Miércoles, 05 de Noviembre de 2014 15:14

¿Existe la Voz de la conciencia?

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INTRODUCCIÓN

La conciencia nos cuenta cosas, nos habla, salvo que no queramos escucharla o queramos acallarla. La voz de la conciencia no es una admonición piadosa de la espiritualidad cristiana del siglo XIX. Jesús Conill1 en un brillante artículo sobre la voz de la conciencia en Zubiri, nos ofrece un recorrido histórico-intercultural del término que resumimos, añadiéndole otros autores. En este recorrido destacamos dos relatos, uno teatral: Sócrates (1972), de Enrique Llovet, protagonizado por Adolfo Marsillac en su estreno y Un hombre para la eternidad (1966), de Fred Zinnemann, protagonizado por Paul Scofield, sobre el juicio y muerte de Tomás Moro.



Acudir a la narratividad de la conciencia, «en tiempos sombríos», nos parece necesario. La crisis de valores que invocamos en estos tiempos arranca de la crisis de conciencia. Los valores se asientan en la conciencia. Acallada ésta, aparece el imperio del «poder» ahogando la interrogación sobre el «deber».

Comenzamos el recorrido yéndonos bastante hacia atrás para orientarnos.

La Biblia: Como tal no se encuentra en ella el término «voz de la conciencia». Allí son los términos «corazón» e «interior» los equivalentes. Para la antropología bíblica el término «corazón» ocupa un lugar central2.

Sócrates (470-399 a.C.): Es una voz interior de carácter demoniaco (daimon) y divino (theîon).

Estoicos (s. IV a,C.): Para el estoicismo en la voz de la conciencia resuena la voz racional («lógos») y la naturaleza («physis»).

Cicerón (106 a.C-43 a.C.) y Séneca (4 a.C-65 d.C.): Hablarán de un espíritu en nuestro interior, una fuerza, un poder, la expresión de la «nata lex» (ley natural). Toda esta influencia estoica hizo que la «voz de la conciencia» se convirtiera en la «voz de Dios 3.

Pablo de Tarso (¿5-10-70-80?): El mismo Pablo, apóstol de Jesús de Nazaret, recurrió a las mediaciones estoicas para comprender la experiencia del bien y del mal, que todos los hombres comparten, porque todos llevan escrita en su corazón la misma ley moral; el hombre con su razón, en su interioridad, sabe distinguir el bien y el mal (Rom 1 y 2, 13-14.26; 7, 22-23)

San Agustín (354-430): «En nuestros juicios no sería posible decir que una cosa es mejor o peor que otra si no tuviéramos impreso dentro de nosotros un conocimiento fundamental del bien» (De Trinitate VIII, 3, 4).

Santo Tomás de Aquino (1224-1274): A través de diversos textos para Tomás de Aquino la conciencia es la facultad del hombre, sea varón o mujer, con la que se concreta la ley natural: todo ser humano lleva en su conciencia la ley natural, en virtud de la cual sabe el bien qué hay que hacer y el mal qué hay que evitar (S.T. I, q. 13, a. 79).

Tomás Moro (1478-1535): La con-ciencia está por encima de la voluntad del rey.

Inmanuel Kant (1724-1804): Kant considera que la conciencia moral es «la conciencia de un tribunal interno al hombre», un «poder» que mantiene en vela al hombre y que «está incorporado a su ser». Por su conciencia moral el hombre «se ve forzado» (en su quehacer consigo mismo) «como si fuera por orden de otra persona»4.

John Henry Newman (1801-1890): La Conciencia es la Voz de Dios.

Martin Heidegger (1839-1976): «La voz de la conciencia» es como «un fenómeno originario del ser». Es una llamada5.

Xavier Zubiri (1898-1983): La voz de la conciencia constituye un lugar de encuentro entre la experiencia religiosa y la experiencia moral6.

Vaticano II (1963-66): La conciencia «es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella» (Gaudium et spes, 16).

La teoría de la voz de la conciencia tiene una expresión práctica en dos relatos, correspondientes a dos vidas, que ilustran esa fidelidad de la conciencia.

TOMÁS MORO

Su fidelidad a la conciencia, que le llevó a la Torre de Londres,  no fue de ningún modo la manifestación de una testarudez subjetiva o de terco heroísmo. El mismo se colocó entre aquellos mártires angustiados que solamente después de indecisiones y muchas preguntas se obligaron a sí mismos a obedecer a la conciencia: a obedecer a esa verdad que tiene que estar en mayor altura de cualquier instancia social y de cualquier forma de gusto personal7.

Se ponen así de manifiesto dos criterios para discernir la auténtica voz de la conciencia: que no coincida con los propios deseos, y que no se identifique con lo que resulta socialmente más ventajoso, con el consenso grupal, o con las exigencias del poder político o social.

Efectivamente, lo específico del hombre en cuanto hombre no es preguntarse por el «poder», sino por el «deber», al abrirse a la voz de la verdad y de sus exigencias.

SÓCRATES8

Esta fue la trama de la búsqueda socrática. Aparece en él la capacidad de verdad del hombre como límite de todo poder.

En la disputa de Sócrates con los sofistas se pone a prueba la decisión crucial entre dos actitudes fundamentales: por una parte la confianza de que el hombre tiene la posibilidad de conocer la verdad, y por otra, una visión del mundo en la que el hombre crea por sí mismo los criterios para su vida.

En la controversia de Sócrates nos encontramos ante la cuestión que hoy nos afecta a nosotros. La renuncia a admitir la posibilidad de que el hombre conozca la verdad lleva en primer lugar a un uso puramente formal de las palabras y los conceptos. A su vez, la pérdida de los contenidos lleva a un mero formalismo de los juicios, ayer como hoy. Da lo mismo.

En muchos ambientes uno no se pregunta qué piensa un hombre. Se tiene ya preparado un juicio sobre su pensamiento en la medida en que se le puede catalogar con una de las correspondientes etiquetas formales: conservador, reaccionario, fundamentalista, progresista, revolucionario.

La catalogación en un esquema formal hace que sea superflua la confrontación con los contenidos. Se entiende perfectamente que cuando los con-tenidos ya no cuentan, cuando lo que predomina es una mera praxología, la técnica se convierte en el criterio supremo. Esto significa que el poder, ya sea revolucionario o reaccionario, se convierte en la categoría que domina todo.

Pero se ha olvidado lo que líneas más arriba comenzábamos denunciando: que lo específico del hombre en cuanto hombre, consiste en su interrogarse no sobre el «poder», sino sobre el «deber»; en abrirse a la voz de la verdad  y de sus exigencias. Este es el contenido de la investigación socrática y el testimonio de los mártires cristianos. Esta es la conciencia abierta a la verdad y no encerrada en su subjetivismo.

Tomás Moro, al ser decapitado, y Sócrates, al tomar la cicuta, y podríamos pensar en tantos que han dado la vida por su fe o por sus ideales, son testigos de la capacidad otorgada al hombre, para percibir, más allá del «poder», el «deber», y abrir el camino al progreso verdadero, al verdadero ascenso. Pero si el hombre acalla la voz de su conciencia, rehúye en su interior la armonía que le da el hacer el bien aceptando la contradicción que le produce el hacer el mal, ha asesinado la posibilidad de ser humano.

Footnotes)
1 ISEGORIA, Revista de filosofía moral y política, nº 40, enero-junio 2009, 115-134
2 Cf. Pierre Mourlon,
El hombre en el lenguaje bíblico, Cuadernos bíblicos, nº 46, Verbo Divino, Estella, 1984
3 Cf. Zubiri: Sócrates y la sabiduría griega. Cursos universitarios, Alianza, 2007
4 Kant, La religión dentro de los límites de la mera razón, Alianza, Madrid, 1969, p. 181; La metafísica de las costumbres, Madrid, 1989, p. 255-56.
5 M. Heidegger, Ser y tiempo, p. 54 (traducción de Rivera).
6 X. Zubiri, El problema filosófico de la historia de las religiones, Madrid, 1968.
7 «-Bien, Alice, ¿y cuánto tiempo crees que podría aun disfrutar de la vida? (Si acepta el juramento de Enrique VIII).
-Por lo menos veinte años, si Dios quiere.
-Querida mujer, no vales para los negocios. ¿De verdad quieres que cambie veinte años por toda la eternidad?, en: Francisco Troya, Sir Tomás Moro, Canciller de Inglaterra, Casals,  Madrid, 2011, p. 98.
8 «[…] porque si os digo que callar en el destierro sería desobedecer a Dios, y que por esta razón me es imposible guardar silencio no me creeríais y miraríais esto como una ironía; y si por otra parte os dijera que el mayor bien es hablar de la virtud todos los días de su vida y conversar sobre todas las demás cosas que han sido objeto de mis discursos, ya sea examinándome a mi mismo, ya examinando a los demás, porque una vida sin examen no es vida, aún me creeríais menos. Así es la verdad, atenienses, por más que se os resista a creerla. En fin, no estoy acostumbrado a juzgarme acreedor a ninguna pena».
Platón, Obras completas, Apología de Sócrates, e-book Amazón.

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